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          Vendo el cansancio de la rutina. Comercializo con el tedio y, cuando no me queda, decido reinventarlo. Porque no sé hacer otra cosa; porque no me enseñaron a vivir la vida de otra manera. ¿Qué esperáis de mí? Me encantaría saberlo. Solo os quedáis mirándome con ojos que juzgan. Más adelante llega vuestra desaprobación. Suspendí vuestro examen desde el mismo día en el que nací. Y creo que nunca seré capaz de aprobarlo porque no estoy programada para eso. Por eso, como no lo entendéis, he decidido ir a vender el tedio.

          El mundo es triste; toda yo soy triste. Nací con el desengaño bajo el brazo. Mis lágrimas las escondía debajo de la moqueta de mis ojos, donde no os las podíais beber. Me queréis dejar seca; con el poco agua que me queda, que está llena de sal. Sal, qué me deja sedienta. A veces es peor el remedio que la solución.

          Me siento estúpida diciendo estas cosas: me siento tonta escribiendo frente a mi monitor. Una pantalla que casi nadie lee y, cuando lo hacen, en gran medida es para pensar que soy alguien sin talento. Con sueños que no le alcanzan. Con expectativas hechas girones. ¿Qué me falta? Tengo la condescendencia, la compasión y el tedio. Venderé el tedio para quedarme con las otras dos, que a veces me reconfortan. Sus migajas, que me hacen sentirme menos sola. Menos sin brújula o sin mapa. No importa dónde está el norte o Noruega. A nadie le importa. O por lo menos no me importa a mí, que siempre fui pésima en geografía.



 


Efímero



                      La manera en la que nuestra ciudad se degradó era, cuando menos, indescriptible. Algunas veces acudía a un acantilado que daba a una cala en la que solía jugar de pequeña. Desde allí podía ver cómo las aguas se habían vuelto amarillas y cómo la naturaleza se degradaba. Me costaba admitirlo pero, a pesar de que la muerte campaba a sus anchas, era hermoso. Había belleza en la destrucción; algo macabro que nos recordaba lo efímeros que éramos. Las plantas grisáceas y faltas de flores; la tierra infértil y llena de ceniza; los cadáveres. Todo desaparecía. 

                      Tal vez fue por la guerra, que se llevó mi cordura junto a la vida de mis padres. O tal vez fue por mi cansancio; mis lágrimas, que las había olvidado. Desde hacía años tenía los ojos secos porque me había aborrecido llorar. Luego estaban las súplicas que, con los años, se habían convertido en algo automático. Ya no tenía nada que perder. Me arrebataron mi derecho a decir «No», con la sonrisa ladina de aquellos que saben que eres una mierda de su propiedad. A veces venían quienes luchaban en el bando correcto para aprovecharse de lo poquito que quedaba de esperanza. Se acercaban y actuaban como si les debieras misericordia; como si tuvieras que agradecerles estar metida en el pozo de pobredumbre en el que vivías. Ellos, que eran muy hombres, se aprovechaban de tu debilidad para tomarte. Y se reían de ti, de tu gente y de tus niños. Se reían de todos porque por llevar un arma en su espalda, eran mejores. Héroes, se llamaban.

                      Para nosotros eran monstruos. En alguna ocasión les tendimos emboscadas para robarles suministros o armas. Luego salía en la radio que éramos desagradecidos e inconscientes. ¿Por qué? ¿Acaso os debíamos algo? El día en el que me violasteis también fui una desagradecida. O cuando os llevasteis a la hija de Nana; seguro que ella también lo fue. Aún la escucho llorar en su habitación: todavía le quedaban lágrimas. Sus ojos se mojan de odio por vuestra culpa. Qué lucháis por nosotros, cuando ni siquiera tuvimos voz para escoger cómo sobrellevar la guerra. Se os llena la boca de quimeras, cuando venís a tratarnos como si fuéramos desechables. El hombre, que va a la guerra porque su destino es ser soldado. Y la mujer, que pelea en la indefensión, agredida la mayoría de las veces por los suyos, nunca sale en los libros de historias. Ni saldrá, porque no importamos. Esto es algo vuestro, que sufrimos nosotras en vuestro egoísmo.

                      Quisiera volver a la época en la que en la cala se podía nadar, Pero el agua era amarilla y la tierra infértil. La destrucción en su decadencia me recordaba que todo, por muy horrible que fuera, tenía un final. En algún momento, todo acabaría. Probablemente no iba a estar para verlo pero, aún así, tampoco me importaba demasiado. Con saber que iba a morir, me bastaba,




Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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