Estupen(graciada)



            He tenido un sueño que me ha dejado con un escalofrío recorriendo las entrañas. Un sueño que me ha dejado con hambre, pero sin ella. Con una amargura que me carcomía el alma hasta llenarla de agujeros. Fue mi sueño el responsable de que a veces pensara que ninguna de mis desgracias habían sido en vano; qué más vano era no haber descubierto en sí lo que era perder.

            Llegó entonces el duendecillo para arrancarme las ansias de escribir; le dio un tirón a las palabras que tenía escondidas en la cartera del bolso. Le dio un tirón a toda yo, para luego lanzar(me)la a los cocodrilos sin escamas. Cocodrilos de carne y hueso, qué viven lejos de África. Cocodrilos qué no comen personas, pero sí lo hacen. Y, si no te devoran, deseas que hubiera sido así.

            Todos los triste(villosos) días sueño. Todos los desgracia(lices) días cierro los ojos, para anhelar como una patéti(ranzada) qué todo cambie. A veces busco, también, mi bolsa de polvo de hadas. Luego recuerdo que la he gastado toda y ya no venden ni un ápice en el supermercado.





Kaos



           Me destruiste. Creaste unas expectativas que me hicieron añicos. Mis ideales, que se deconstruyeron. Perdieron su forma; se desmadejaron. Quedaron como pedazos, en el suelo. Añicos hechos de cristal, porque nunca supe quién soy. Traspaso lo que veo, como un fantasma. Sin voz, vagué por una mansión abandonada disfrazada de mi vida. Mi vida, que destruiste. Tú y todos me rompisteis y ahora pretendéis hacer como si nada. Diciéndome que todo está bien, no solucionáis nada. 

           No. La mierda no es mi puta responsabilidad; yo no escogí mi vida, ¿sabes? Así que reclamo mi derecho a estar triste. Reclamo seguir reventándola y echándola a perder, si me apetece. Porque es mía. Porque aunque no hayan a penas cosas que dependan de mí, es mi vida. Qué me han vendido el «Si quieres puedes», para luego encontrarme con el cartel de un NO enorme en cada puerta que he tratado de abrir. Las voces recordándome que no soy la más lista, ni la más trabajadora, ni la más guapa o joven. Qué soy adulta y debo de saber tomar las riendas de algo que nadie se ha molestado en explicarme.

           Caí de lleno en el pozo, y vosotros sin advertirme. Me lanzasteis al pantano sin enseñarme antes a nadar. Destruida y ahogada, no me voy a recomponer. No me valen los trocitos que me quedaron y tampoco me gustan las cicatrices. De cero. Reclamo mi derecho a empezar de cero.






13





          Vendo el cansancio de la rutina. Comercializo con el tedio y, cuando no me queda, decido reinventarlo. Porque no sé hacer otra cosa; porque no me enseñaron a vivir la vida de otra manera. ¿Qué esperáis de mí? Me encantaría saberlo. Solo os quedáis mirándome con ojos que juzgan. Más adelante llega vuestra desaprobación. Suspendí vuestro examen desde el mismo día en el que nací. Y creo que nunca seré capaz de aprobarlo porque no estoy programada para eso. Por eso, como no lo entendéis, he decidido ir a vender el tedio.

          El mundo es triste; toda yo soy triste. Nací con el desengaño bajo el brazo. Mis lágrimas las escondía debajo de la moqueta de mis ojos, donde no os las podíais beber. Me queréis dejar seca; con el poco agua que me queda, que está llena de sal. Sal, qué me deja sedienta. A veces es peor el remedio que la solución.

          Me siento estúpida diciendo estas cosas: me siento tonta escribiendo frente a mi monitor. Una pantalla que casi nadie lee y, cuando lo hacen, en gran medida es para pensar que soy alguien sin talento. Con sueños que no le alcanzan. Con expectativas hechas girones. ¿Qué me falta? Tengo la condescendencia, la compasión y el tedio. Venderé el tedio para quedarme con las otras dos, que a veces me reconfortan. Sus migajas, que me hacen sentirme menos sola. Menos sin brújula o sin mapa. No importa dónde está el norte o Noruega. A nadie le importa. O por lo menos no me importa a mí, que siempre fui pésima en geografía.



 


Efímero



                      La manera en la que nuestra ciudad se degradó era, cuando menos, indescriptible. Algunas veces acudía a un acantilado que daba a una cala en la que solía jugar de pequeña. Desde allí podía ver cómo las aguas se habían vuelto amarillas y cómo la naturaleza se degradaba. Me costaba admitirlo pero, a pesar de que la muerte campaba a sus anchas, era hermoso. Había belleza en la destrucción; algo macabro que nos recordaba lo efímeros que éramos. Las plantas grisáceas y faltas de flores; la tierra infértil y llena de ceniza; los cadáveres. Todo desaparecía. 

                      Tal vez fue por la guerra, que se llevó mi cordura junto a la vida de mis padres. O tal vez fue por mi cansancio; mis lágrimas, que las había olvidado. Desde hacía años tenía los ojos secos porque me había aborrecido llorar. Luego estaban las súplicas que, con los años, se habían convertido en algo automático. Ya no tenía nada que perder. Me arrebataron mi derecho a decir «No», con la sonrisa ladina de aquellos que saben que eres una mierda de su propiedad. A veces venían quienes luchaban en el bando correcto para aprovecharse de lo poquito que quedaba de esperanza. Se acercaban y actuaban como si les debieras misericordia; como si tuvieras que agradecerles estar metida en el pozo de pobredumbre en el que vivías. Ellos, que eran muy hombres, se aprovechaban de tu debilidad para tomarte. Y se reían de ti, de tu gente y de tus niños. Se reían de todos porque por llevar un arma en su espalda, eran mejores. Héroes, se llamaban.

                      Para nosotros eran monstruos. En alguna ocasión les tendimos emboscadas para robarles suministros o armas. Luego salía en la radio que éramos desagradecidos e inconscientes. ¿Por qué? ¿Acaso os debíamos algo? El día en el que me violasteis también fui una desagradecida. O cuando os llevasteis a la hija de Nana; seguro que ella también lo fue. Aún la escucho llorar en su habitación: todavía le quedaban lágrimas. Sus ojos se mojan de odio por vuestra culpa. Qué lucháis por nosotros, cuando ni siquiera tuvimos voz para escoger cómo sobrellevar la guerra. Se os llena la boca de quimeras, cuando venís a tratarnos como si fuéramos desechables. El hombre, que va a la guerra porque su destino es ser soldado. Y la mujer, que pelea en la indefensión, agredida la mayoría de las veces por los suyos, nunca sale en los libros de historias. Ni saldrá, porque no importamos. Esto es algo vuestro, que sufrimos nosotras en vuestro egoísmo.

                      Quisiera volver a la época en la que en la cala se podía nadar, Pero el agua era amarilla y la tierra infértil. La destrucción en su decadencia me recordaba que todo, por muy horrible que fuera, tenía un final. En algún momento, todo acabaría. Probablemente no iba a estar para verlo pero, aún así, tampoco me importaba demasiado. Con saber que iba a morir, me bastaba,




í



                Llevo tanto tiempo rota, que creo que he perdido mis pedazos. Es complicado sentirse incompleta pero, sobre todo, cuesta ponerle nombre a lo poquito que me quedó. Ya no me podrán llamar María, porque me faltan partes. Tal vez podrían decirme Mara, sin la i; así tendría menos disputas con la gente que se olvidaba de poner mi acento. De todas formas Mara es un nombre bonito e interesante, opuesto al que tiene la i; con su fastidioso acento que nadie recuerda y la certeza de que al menos seiscientos mil españoles se podrían confundir conmigo si estuviéramos en la misma habitación.

                Reinventarse es algo complicado, aunque por encima de todas las adversidades estaba la de empezar. Si tomar la iniciativa en cualquier cosa presentaba dificultades, en reinventarse todavía había más. Todos los amaneceres me despierto asustada por el ritmo que ha tomado mi vida y me pregunto una y otra vez en si de verdad seré capaz de tirar para adelante. Siempre he sido bastante débil y ahora me siento más vulnerable aún. Los cambios despuntan al alba, y temo no estar a la altura.

              Me he caído y los golpes me han dejado hecha unos zorros. A la nueva Mara le faltan fuerzas para recomponerse. Los cambios despuntan al alba, Mara, confía en ti. Confa, sin i para no tener que ponerle acento.





Escarcha



              Nací congelada dentro del refrigerador.  Luchaba por desplegar mis alas, encogidas y llenas de escarcha, para alcanzar al estante del brick de leche. Tenía la boca seca porque nadie se había molestado en darme de beber. Aunque, hasta hacía poco, no me había dado cuenta de lo desértica que era la nevera y lo inhóspito del congelador. Sola: nací sola dentro del refrigerador. Y moriría también sola, porque la vida era así. 

              Mis alas, que tenían demasiada escarcha para volar. Quería elevarme para salir, pero siempre terminaba en el estante de los pepinillos en vinagre. Qué nadie quería a los pepinillos, como tampoco me querían a mí. Caducaban ellos y caducaba yo esperando. Esperar me consumía más que una cerilla prendida para encender el foguer. Qué me dijeron que la solución era esperar y solo fue una mentira. Esperé tanto que se me olvidó mi razón de ser. Ahí estaba yo, con mis alas de escarcha, sin alcanzar un tetra brik. Los pepinillos cerca, como si tuviera que consolarme que estuvieran tan desamparados como yo.

              Qué la leche estaba lejos. Qué tenía a los pepinillos demasiado cerca. Nací congelada dentro del refrigerador. Nací con alas de escarcha y corazón de cerilla. Cerilla ardiente; cerilla prendida para encender el foguer. El foguer de otros. Nací congelada dentro del refrigerador. Abran la puerta.




Remake Shasha (Annie)



                 Una de las cosas que menos triste hacían sentir a Shasha era el señor Oso. Lo consideraba su mejor amigo porque, desde el primer día que lo cosió con mamá, estuvo a su lado haciéndole compañía. Además, había sido creado para eso. Su deber era ser un caballero andante de felpa sin armadura. Las armaduras tenían poco estilo porque pesaban mucho y combinaban mal con las faldas y a Shasha le encantaban las faldas llenas de volantes de color rosa. Así que el señor Oso no tenía armadura, pero sí lacito. Alguna que otra vez Shasha cogía sus cintas para el pelo y se las ataba en el cuello. Las que más les gustaban al señor Oso eran de color malva o violeta, porque combinaban mejor con sus botones.

                 El día en el que Shasha fabricó al señor Oso con mamá llovía. Lo habían tomado como una forma de entretenerse porque no podían salir a la calle y les daban miedo los truenos. Carla, la mamá de Shasha, se sobresaltaba cada vez que se iluminaba el cielo. Luego esperaba el estruendo que le seguía con los dientes apretados mientas miraba hacia un punto muerto. Dentro de su cabeza se decía a sí misma que era estúpido estar asustada pero el pánico, como la mayoría de emociones, era algo irracional.

                 Carla tenía una máquina de coser que heredó de la abuela de Shasha y bastantes utensilios de costura. La abuela se la dejó en herencia con la esperanza de que en algún momento de su vida aquello le gustaría pero, como ocurría con las emociones, tampoco podían escogerse los gustos. Así que Carla odiaba coser. Era pésima y desganada, aunque nunca lo admitiría en voz alta. «Podríamos hacerte un peluche, ¿quieres?». En respuesta Shasha la miró con los ojos entreabiertos por la sorpresa; lo cierto era que ni siquiera ella, con ocho años, se esperaba que su mamá hiciera algo útil con las telas. Asintió un tanto insegura porque, aunque mamá no disfrutara de coser, le gustaba compartir tiempo con ella.

                 Sacaron la felpa de unos cojines viejos y la tela de una chaqueta marrón que mamá odiaba de papá porque estaba muy gastada y era, según le dijo, muy fea. Eso a Shasha la ofendió un poco, porque no quería que el señor Oso fuera feo; lo quería con estilo. Las proporciones del patrón salieron horrendas, como era de esperar: el triste peluche terminó con la cabeza más grande que su cuerpecito. El pobre señor Oso tenía que hacer malabarismos para caminar sin caerse. Cuando Shasha lo tocaba, con la inseguridad de romper las pocas costuras que le hizo Carla, se sorprendió que lo suave y blandito que era.

                 Los ojos del señor Oso también estaban desproporcionados. Al principio Carla pensó que lo ideal sería hacerlos en un bordado, pero Shasha la instó a que le pusiera botones para que se pareciera al monstruo de Coraline. El problema fue que no tenían dos botones iguales y, como consecuencia, el señor Oso tuvo un ojo más grande que el otro. Shasha se rio, porque aquella expresión facial de peluche le recordó a cuando papá alzaba una ceja. Papá alzaba una ceja, luego le hacía cosquillas. A veces también alzaba una ceja cuando le había escondido dulces o preparado tortitas de desayuno. El señor Oso era como papá, pero de felpa.

                 Cuando Carla terminó de coser con la ayuda de su hija, pensó en que lo mejor sería desecharlo. Era un peluche desproporcionado, con las costuras mal hechas y las patitas demasiado enanas. Pero los ojos de Shasha brillaban con la ilusión de haber encontrado a su mejor amigo. Corrió a su habitación para sacar su lazo favorito. Se lo ató al peluche, después corrió con él entre sus brazos hacia el cuarto de baño. Abrió el grifo para salpicarlo en lo que para ella fue su bautismo. Solemne, de rodillas, miró hacia mamá con una sonrisa que era tan grande que parecía etérea. «Me encanta; será mi mejor amigo —emitió un suspiro—. Creo que ahora me gustan más los días de lluvia».


Realizado por David Ahufinger
 



Skyrim



            Nací con una espada bajo el brazo: nací preparada para luchar. Aunque os encarguéis de cuestionar mi fortaleza, no me amedrentaré. Vosotros, que me hundís en un océano de indecisión, sois mi peor rival. Vosotros sois mi dragón. Debo de daros muerte y, hasta que no lo consiga, no descansaré. Soy una guerrera que se ha curtido en más batallas de las que sois capaces de medir. Mi guerra, que está en el día a día, es agria al tragar. Lo agrio, que me ha enseñado que existe el sabor. Pronto, en vuestra condescendencia paladearé mi victoria.

No os necesito; tengo un reino que liberar.






Cápsula del tiempo de Jimena [3º ESO, A]


 
                Me han mandado para clase de filosofía escribir en una cápsula del tiempo. Bueno, si te soy sincera no tendría por qué escribir necesariamente una carta, pero en mi caso lo decidí así. Debíamos de dejar algo de nosotros en la maldita cápsula y yo, en cambio, decidí dejar una confesión. De hecho, si no hubiera llegado a tener una confesión para ti, pasaría del tema. Nunca fui una alumna aplicada en exceso, o cosa así. No me gustaban las clases, la gente y… Creo que sobre todo no me gusta la gente.

                Pero ahí lo tienes: hice un descubrimiento. Una cavilación. Qué bonita es la palabra cavilar, ¿cierto? Me siento súper inteligente cuando la uso; como si en lugar de ser una adolescente de instituto fuera una chica súper lista que hace cosas útiles para su planeta. Aunque este no es mi planeta y no le debo nada. Aquí tienes mi confesión: soy una alienígena. ¿De dónde vengo? Pues ni idea, porque absolutamente toda mi vida he estado en la Tierra.

                Sé que vengo de fuera porque soy una mujercilla verde, de tres ojos y en lugar de orejas tengo la gramola de un tocadiscos. ¿Los tocadiscos tienen gramola? Cómo si eso importara. Tampoco hay material biológico en los tocadiscos, así que no los podría tener de orejas. Los tocadiscos no son orgánicos, porque no están vivos. Cuando suena la música pienso en que, quizá, que sean orgánicos o no tampoco importa demasiado, porque parecen vivos. Como ya sabrás, tiene mucho más valor que algo que no tenga vida, la aparente. Nosotros la mayoría de veces estamos muertos por dentro y en cambio tenemos vida. Así que a fin de cuentas no nos diferenciamos tanto de las gramolas.

                Muchas veces me he imaginado de color verde, porque es un tono muy bonito. Con la piel de color verde o naranja. Y con tres ojos: dos ojos humanos y otro en la frente. Ya sé que no soy la más original del mundo, pero queda muy bien tener un ojo en la frente. Además, si no te gusta te puedes dejar flequillo para que no se vea. Soy una alienígena porque me imagino de esa forma en lugar de humana. Aunque ahora que lo pienso tal vez los alienígenas tengan aspecto de humano y fracase en mi plan de irme a vivir a otro planeta.

            Bueno, esta carta la escribo para que cuando la gente de mi planeta colonice la Tierra para exterminar a la raza humana, sepan que estuve aquí. He pensado en dejarles dibujos, también, porque tal vez no entiendan mi idioma. Pero luego caí en la cuenta de que debería de ir a comprar lápices de madera. Dibujar también se me da mal. A lo mejor ven mis representaciones horribles y se piensan que me estoy riendo de ellos. Compis alienígenas, si lográis descifrar el idioma humanoide español, no os quiero ofender. Os echo de menos, aunque nunca nos hayamos conocido y comprendo, de corazón, que los matéis a todos. ¿Quién en su sano juicio no querría eliminar a la humanidad?

                Sé que te has comunicado conmigo, compi alienígena. Voy a ponerte nombre, ¿de acuerdo? Para que esta carta se sienta menos fría. Te llamarás Charles, porque suena súper pijo y yo sé que tienes que tener dinero para poder mantener una nave espacial. Fue hace unas noches, Charles. Aquella madrugada estaba llorando mucho porque mi vida era una mierda. Mamá decía que eran cosas de la adolescencia, pero el asunto era (y sigue siendo) demasiado intenso para ser únicamente adolescencia. Aquella madrugada abrí mi tercer ojo, y vi de fuera cómo era la Tierra. Abrir el tercer ojo en realidad era una tarea complicada: el mundo entero se confabula para que no ocurra y, cuando tomas conciencia de tu alrededor, solo te la niegan.

             Tengo diecisiete años, Charles, y a lo largo de todo lo que llevo viva, me he sentido triste. He llegado a pensar que yo era la que estaba poseída por una gramola y la gramola la que estaba viva de verdad. Porque joder, Charles, aquella madrugada estuve llorando mucho. Pensar que tu vida no tiene sentido, duele cantidad. No. Creo que me he expresado mal: aquella madrugada lloraba porque sentía que mi vida no tenía el sentido que quería darle. Mi vida no estaba vacía; era yo, que no podía hacer lo que me gustaría de ella. Por eso me sentía como un amasijo sin forma. Absolutamente siempre he tenido que hacer lo que esperaban de mí y la recompensa que he recibido ha sido insatisfactoria.

                Estudio y suspendo porque las clases no me llenan y la gente, en general, tampoco lo hace. No paro de preguntarme por qué tengo que estar horas y horas en un lugar en el que no me siento cómoda y donde no incentivan de verdad mis intereses. Quiero que me enseñen a ser libre y a pensar por mí misma; no quiero que me escupan conocimientos a la cara para que con ellos sea un miembro productivo de esta sociedad. No quiero ser un miembro productivo de esta sociedad, Charles, solo quiero ser yo. Hola, mi nombre es Jimena y quiero ser yo misma. Me gustaría sentir que la vida que vivo es mía. Los humanos, qué son tan crueles, se encadenan a sí mismos los unos a los otros. ¿Y eso a quién beneficia? A humanos con traje de chaqueta. Humanos de hidroeléctricas, del IBEX 35 y a los propietarios de Bankia. Son unos terrícolas odiosos, porque se dedican a juzgarlo todo desde su posición privilegiada, Charles. Espero que sean los primeros a los que fulmines con tu rayo láser.

                Aquella misma madrugada, llovía. Fue todo muy dramático, porque mis lágrimas iban con el agua. Mis gritos, con los truenos. Toda yo fui lluvia, y me sentí completa. Aquella madrugada fue la que más me sentí yo misma porque me pude redescubrir como dueña de mis lágrimas. Era la auténtica dueña de mi tristeza y esa tristeza era legítima. Cuando me sentía desesperada porque todo lo que había vivido carecía de lógica, solo me lanzaban el discurso de que exageraba. «Las cosas son así, Jimena. La vida siempre ha sido así». A hacer eso, controlaban mi realidad: su negativa eclipsaba mi perspectiva hasta terminar distorsionándola. Entonces me convencían de que mi única finalidad era convertirme en una adulta para llegar a fin de mes.

                Cuando estaba ida por el llanto, rompí la ventana de mi habitación. Entró la lluvia que empapó mi pijama. El agua estropeó los trabajos de clase del escritorio y el viento me provocó una buena pulmonía, pero mereció la pena. Vaya si mereció la pena. Aquella tristeza que materializaba el agua, aquel frío que me calaba los huesos eran las únicas cosas reales que experimentaba en años. Luego llegó la luz. Una luz blanca me dejó ciega, y los vi. Me estabais tratando de abducir para sacarme del infierno que era este maldito planeta. Me dio pena por mamá, porque la quiero mucho. Si me lleváis lejos me gustaría que ella se fuera conmigo aunque no sea autóctona de nuestro planeta. Mamá no se merece vivir encerrada en los grilletes del planeta Tierra.

                Luego me desperté con el desazón de que no me hubierais llevado con vosotros. No sé qué pasó, pero mamá me dijo que tal vez actué como sonámbula. Pero yo lo sentí tan real que… Mamá me dijo que no, que la luz quizá fue la farola del parque, que brillaba mucho. Pero no. Pero sí. También pensaba en que quizá estaba ya en mi planeta y todo lo vivido en la Tierra había sido un sueño muy largo. Una existencia así, no podía ser real. Un mundo como en el que estaba, tenía que ser una farsa.

                Charles, espero que mis palabras puedan servir de algo. Venid pronto a por los alienígenas que aún descansamos en la Tierra. Sacadnos de aquí, te lo imploro. No sobreviviremos mucho más en un mundo repleto de rutina y obligaciones inocuas. Sálvanos, Charles. Queremos regresar a nuestro planeta. Queremos volver a ser dueños de nuestra vida.

 

Ni lo intentes



             Yo no nací para cumplir tus expectativas. No nací para ser hermosa o seguir un sendero en concreto de la vida. Pero el mero hecho de oponerme, me orpime. Porque si no vivo dentro del sistema, molesto. Soy un estorbo las veinticuatro horas del día. Soy un maldito estorbo ahora mismo. Pero me da igual. No, no me da igual. Dentro de mi cabeza hay una voz que grita muy alto que haga algo útil con mi vida. Entonces me pregunto dos cosas «¿Qué es algo?», «¿Qué es útil?». Sustantivo y demostrativo, respectivamente. Fonemas, sílabas, de una palabra. «Palabra», qué es también un sustantivo. Las letras se sienten bonitas, cuando adornan una pantalla en blanco o un folio vacío. Pero también demandan cosas y hacen daño.

             Son las palabras las que más daño hacen, porque dan vida a las cosas. Las palabras me hablan de expectativas y de belleza. Hablan de trabajo, obligaciones y ocio. El sistema las toma de su mano y por eso alguna que otra vez me he propuesto dejarlas de usar. Pero me encantan. Son como una melodía, que fluye con las pulsaciones de mi teclado. Me siento libre en el ordenador porque pospongo las cosas. Pero posponer las cosas no es bueno, porque luego todo revienta y revientas tú.

             Yo nací para ser libre. Quiero ser libre pero, a medida que pasa el tiempo, me siento más maniatada. Me han dejado inválida. Y yo solo quiero quedarme sin voz y sin palabras, porque siento que son las principales responsables de mi condena. Sin embargo sigo escribiendo, pensando. Reclamando una libertad inalcanzable porque el mundo no ha sido creado para concebir mis peticiones. Entonces pienso que quizá soy yo, que actúo de manera egoísta e insolente al pedirle peras al olmo. Pero estoy muy triste, ¿sabéis? Estoy triste y estoica. Porque me pesan los grilletes de mi jaula. 

             A medida que desafío, me llega el odio. La incomprensión y la impotencia me tienden sus brazos, y los tomo. Porque aunque no quiera lucharé por ser hermosa para tus ojos. Lucharé para tener una vida competente dentro de los estándares que me impusiste. Y me quejaré; me quejaré mucho de cosas que nunca tuvieron remedio alguno.




Despedida



            Te desvaneciste de un momento a otro. Te vi primero, fuerte, y con la promesa de tiempo a tu lado; te vi después, con la mirada al cielo, etérea. Te llamo etérea porque no estabas. Con las pupilas al cielo, anhelabas ascender como un pájaro. El cuerpo te pesaba, yaya. Te pesaba tanto que rogabas a las alturas que te cogieran en brazos. Fuiste una vasija vacía aquella madrugada, cuando algo en ti se hizo pedazos. Te rompiste por dentro, muy poco a poco: con los ojos al cielo (esa mirada, que dudo poder borrar alguna vez de mi cabeza) esperabas paciente que se apagara la llama.

            Horas antes, tan vivaz te recordaba; tan nítida, tan tú. Horas antes sonreías con dos manzanas maduras de mejillas. Horas antes besaste mi mejilla. Te dije «Nos veremos mañana. Sé positiva, porque vas a curar». Y no: no hubo cura. Solo una llamada a mi teléfono con cuatro palabras que me hicieron más daño de lo que pensaba: «Tu abuela se muere». Al día siguiente ya no tenías las manzanas. Tu boca entreabierta, con respiraciones forzosas. Tus pupilas mirando al techo (esa mirada, que dudo poder borrar alguna vez de mi cabeza). Te besé en la frente y no tuve el valor de articular palabra; me faltaba la voz porque tenía un peso en la garganta. No quería que me vieras llorar, aunque creo pudiste sentir mi pena. Fui entonces yo la que te besó a ti.

          El tiempo que estuve cuidándote en el hospital lo siento todavía como una película. La mañana en el tanatorio. Tu cadáver pálido, con los ojos cerrados. La misa. El momento exacto en el que el ataúd se ocultó en el nicho. Una jodida película, yaya. (Y tus ojos, sobre todo tu mirada perdida y el beso en la frente que te di). Me siento culpable porque me despedí seca, insensible. Con lágrimas, pero fría. Tenía tanto miedo de asumir lo inevitable. Qué te morías; qué estás ya muerta. La vida, que sigue adelante como si diera igual absolutamente todo. La vida, qué es maleducada con tu falta.

          Te quiero. A pesar de que fuéramos incompatibles te echo de menos. Ojalá no te hubieras marchado. Soy egoísta al pedírtelo con tu sufrimiento, pero ojalá estuvieras aquí con todos nosotros.

            


Lápices de cera



            Delia había escuchado de los labios de mamá cómo la vida se tenía que reflejar en los ojos. Mamá le decía «Hazlos grandes y expresivos, porque así parecerán personas de verdad». Entonces Delia cogía su lápiz de cera favorito y trazaba unas cuencas enormes, con dos pupilas diminutas y una zona blanca sin pintar para representar el brillo. Solía pintarlos verdes, porque como para mamá era un color maldito no podía evitar dejar de pensar en él.

            Los ojos de Delia eran verdes, también, como los de su hermano Narciso. No obstante, ella tenía las pestañas más largas y atigradas. Le gustaría colocarse rímel, como hacía mamá antes de ir a trabajar, pero nunca la había dejado. Una vez lo intentó sola pero se metió el pincel en el ojo: estuvo un buen rato escociéndole. Así que pensó que maquillarse era muy molesto: no merecía la pena sufrir tanto.

            Últimamente tenía en la cabeza la misma imagen con el mismo rostro. Veía el rostro de una niña, que estaba triste. Le intrigaba el cambio de expresión cuando se rompía el alma de una persona. Porque, como le dijo Narciso, las personas tenían alma y podías hacerles daño. Cuando les hacías daño, se rompía el alma. Delia solo quería poderlo retratar en sus dibujos; necesitaba mostrar al mundo cómo se sentía sin mostrarlo en realidad. Quería dejar pruebas del instante exacto en el que tuvo una sonrisa que se hizo añicos. Su sonrisa tenía pedacitos muy pequeños, que luego ni su hermano Narciso sabía cómo recomponer. Narciso tenía la magia de hacerla feliz, pero no era tan poderoso como para sanar almas.

            La primera vez que el alma de Delia se rompió fue una noche en la que mamá bebía. No quería hablar sobre ella o, mejor dicho, no podía. Le temblaba la voz cuando intentaba entrar en detalles: se quedaba tartamuda, porque eran palabras demasiado dolorosas para salir de su boca. Pero aún así quería retratar su expresión exacta. Delia necesitaba sacar fuera sus demonios, pero unos tristes lápices de cera no eran ayuda suficiente.






Gaslighting

             El mundo parece estar en una sintonía diferente a la tuya. No tienes ningún interés en alcanzarla, pero todo tu alrededor te fuerza a seguir su emisión. La melodía del mundo está desfasada y te hace daño. La melodía del mundo está desafinada y tú solo pretendes darle color. En silencio, siempre en silencio; te cosieron los labios para dejarte sin voz. Callada, asientes a un devenir que se atora en tu garganta.

             Rodeada de gris solo buscas a un cómplice, pero tu alrededor te trata con condescendencia. Te niegan aquello que te reconcome por dentro, porque les enseñaron que la mejor defensa era la luz de gas. Ahogada en el gas aprendiste a nadar con los brazos atados a la espalda y una roca anclada en tu tobillo derecho. Para los demás el problema es que no sabes bucear porque te maniataron tus lágrimas. A contracorriente. No importa lo que te digan, ve siempre a contracorriente. 





Injusticias




Niara caminó por la que fue su aldea. Estaba rodeada de cadáveres; de gente maltrecha y moribunda. El ambiente olía a sal y a metal, como queriéndole enseñar lo asfixiante que era el aroma de la pérdida. Algunas cabañas, que estaban todavía en llamas, desprendían un humo espeso y negro. Niara solo continuó andando, con sus ojos fijos en los cuerpos: algunos se movían, como buscando aire; otros eran cascarones vacíos. Llegó a lo que fue su hogar, donde su madre estaba en tierra con los ojos abiertos. Se convulsionaba muy despacio con sus manos apretando la zona de su entrepierna. Niara la incorporó y, con la ayuda de unos pocos, unieron sus pedazos. 

Reconstruyeron los vestigios de los heridos y dejaron descansar a quienes habían perdido el alma en la batalla. Aquel desastroso atardecer Niara miró por la ventana de su cabaña cómo se escondía el sol, mientras se preguntaba por qué en la tragedia la tierra seguía pareciéndole tan hermosa. Sin embargo, con el tiempo aprendió que aquello era un mensaje: no importaba cómo de horrible fueran las cosas, tarde o temprano aparecería la esperanza. El hombre blanco, con su orgullo, caería tarde o temprano.





Me llamo Violeta


 
               Estabas en el lugar más apartado de clase, con tu cabello oscuro, largo y despeinado. De vez en cuando pasabas las manos sobre sus hebras, como si trataras de ponerlas en su lugar con una pizca de desgana. Siempre llevabas puestas camisetas negras con dibujos de calaveras y logos de grupos de música para mí desconocidos. «Metallica» ponía en alguna de ellas y en otra me pareció leer «Guns N' Roses», pero tampoco podía estar del todo segura de que se escribiera así. Tus ojos eran de un marrón claro que con la luz parecía caramelo tostado. Tenías pecas sobre el puente de la nariz y encima de los pómulos. Tu piel era pálida; te veías delgado y desgarbado.

           En ocasiones me preguntaba por qué siempre te ponías los mismos pantalones vaqueros anchos y llenos de cadenas. Mirabas desde el aula con un cansancio que era para mí indescifrable. Me intrigaba cómo te debías de sentir para hacer aquellas muecas. A veces también me daba la sensación de que tenías ganas de ponerte a llorar porque tenías los ojos enrojecidos, pero tampoco podía fiarme de mi criterio. No te conocía, aunque me tenías trastornada.

               La gente hablaba de ti. Tu nombre era Ulises, y me parecía muy bonito. Había gente que te decía «Hey, Ulises» de una forma despectiva; como si quisieran reírse de ti al pronunciarlo porque les parecía estúpido. A lo mejor en alguna ocasión has pensado que estaría mejor que te hubieran puesto «Emilio» o «Ricardo», para sentirte alguien normal. A mí me gustaba mucho Ulises porque no lo había escuchado nunca, solo en La Odisea y se veía épico. Como un héroe clásico, o algo así.

               Una vez escuché que te ibas al baño a hacerte rayas. Por aquella época no tenía muy claro lo que eran, así que tuve que preguntar a la gente, que se rio de mí. Esnifabas una cosa blanca por la nariz, ¿cierto? Llegué a verlo, en realidad, pero lo sabes porque también me viste a mí. Había unos baños, que eran para minusválidos, en el instituto. Eran mixtos, por eso la gente los usaba de picadero. Los profesores probablemente lo sabían, pero les resultaba más sencillo no pasearse por ahí. Una vez fui cuando terminó lengua porque como te vi en la anterior hora, sabía que habías acudido al instituto. 

               Tengo grabado en mi cabeza cuando abrí la puerta y te vi. Tú al principio no me miraste porque estabas colocado o porque tampoco hice nada para que te dieras cuenta de mi presencia. Estabas encorvado sobre la pila, donde descansaban las rayas de... ¿Coca? Se llamaba así, ¿cierto? Sujetabas un billete entre tus dedos, que estaba apoyado sobre uno de los orificios de tu nariz. Inhalaste. Inalaste por la nariz con tanta fuerza que sentí que cortaste el aire como cuando ocurre algo que impacta mucho. Luego te frotaste la nariz y lo volviste a hacer. Mientras tanto yo seguía callada mirándote, sin saber muy bien lo que hacía. Entonces te giraste hacia mí sobresaltado. Me pareció gracioso, así que sonreí nerviosa. 

               —¿Qué haces aquí? ¿No ves que está ocupado?

               —No deberías de hacer eso.

               —¿A ti qué te importa lo que haga? Lárgate.

               —Me llamo Violeta, encantada de conocerte. —Tú solo encaraste una ceja con desconcierto. Sonreí de nuevo, antes de salir de ahí.





Indefensa



             La princesa Soledad estaba en su torreón con la mirada fija en el infinito. Sus ojos clavados donde la aurora se fundía con la tierra. Imaginaba el cielo como el lugar en el que habitaba todo lo etéreo, mientras que la tierra englobaba un amasijo inconsistente y mundano. La tierra era tan aburrida, que le causaba rechazo pensar en ella. Por eso le gustaba estar en un lugar tan alto, donde podía ver nacer las gotas de agua.

             Aguardaba a su príncipe de yelmo de plata: tenía ganas de que fuera a por ella y la ayudara con sus dragones. Todas sus ilusiones las había enfocado en que en algún momento sería rescatada y, entonces, su vida cambiaría radicalmente. De hecho, aquello para Soledad era una exigencia: ella no solo anhelaba ser rescatada, sino que también lo exigía. Se merecía estar triste, ser débil y vulnerable. Cautiva en su torre, la princesa Soledad revindicaba su derecho de no ser valiente. Con orgullo, quería demostrar que lo erróneo no era buscar a un príncipe sino que su vida estuviera condicionada por aquello.

             Así pues, Soledad sonrió con lágrimas en los ojos. Se las imaginó hermosas, como las gotas de agua que bailaban hacia el asfalto. Sus ojos eran otro torreón que, hasta aquel instante, había almacenado cada una de sus emociones. Pero ahora no importaba, porque encerrada entre cuatro paredes se sentía más libre que nunca.





Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

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Eres el visitante número...