Ni lo intentes



             Yo no nací para cumplir tus expectativas. No nací para ser hermosa o seguir un sendero en concreto de la vida. Pero el mero hecho de oponerme, me orpime. Porque si no vivo dentro del sistema, molesto. Soy un estorbo las veinticuatro horas del día. Soy un maldito estorbo ahora mismo. Pero me da igual. No, no me da igual. Dentro de mi cabeza hay una voz que grita muy alto que haga algo útil con mi vida. Entonces me pregunto dos cosas «¿Qué es algo?», «¿Qué es útil?». Sustantivo y demostrativo, respectivamente. Fonemas, sílabas, de una palabra. «Palabra», qué es también un sustantivo. Las letras se sienten bonitas, cuando adornan una pantalla en blanco o un folio vacío. Pero también demandan cosas y hacen daño.

             Son las palabras las que más daño hacen, porque dan vida a las cosas. Las palabras me hablan de expectativas y de belleza. Hablan de trabajo, obligaciones y ocio. El sistema las toma de su mano y por eso alguna que otra vez me he propuesto dejarlas de usar. Pero me encantan. Son como una melodía, que fluye con las pulsaciones de mi teclado. Me siento libre en el ordenador porque pospongo las cosas. Pero posponer las cosas no es bueno, porque luego todo revienta y revientas tú.

             Yo nací para ser libre. Quiero ser libre pero, a medida que pasa el tiempo, me siento más maniatada. Me han dejado inválida. Y yo solo quiero quedarme sin voz y sin palabras, porque siento que son las principales responsables de mi condena. Sin embargo sigo escribiendo, pensando. Reclamando una libertad inalcanzable porque el mundo no ha sido creado para concebir mis peticiones. Entonces pienso que quizá soy yo, que actúo de manera egoísta e insolente al pedirle peras al olmo. Pero estoy muy triste, ¿sabéis? Estoy triste y estoica. Porque me pesan los grilletes de mi jaula. 

             A medida que desafío, me llega el odio. La incomprensión y la impotencia me tienden sus brazos, y los tomo. Porque aunque no quiera lucharé por ser hermosa para tus ojos. Lucharé para tener una vida competente dentro de los estándares que me impusiste. Y me quejaré; me quejaré mucho de cosas que nunca tuvieron remedio alguno.




Despedida



            Te desvaneciste de un momento a otro. Te vi primero, fuerte, y con la promesa de tiempo a tu lado; te vi después, con la mirada al cielo, etérea. Te llamo etérea porque no estabas. Con las pupilas al cielo, anhelabas ascender como un pájaro. El cuerpo te pesaba, yaya. Te pesaba tanto que rogabas a las alturas que te cogieran en brazos. Fuiste una vasija vacía aquella madrugada, cuando algo en ti se hizo pedazos. Te rompiste por dentro, muy poco a poco: con los ojos al cielo (esa mirada, que dudo poder borrar alguna vez de mi cabeza) esperabas paciente que se apagara la llama.

            Horas antes, tan vivaz te recordaba; tan nítida, tan tú. Horas antes sonreías con dos manzanas maduras de mejillas. Horas antes besaste mi mejilla. Te dije «Nos veremos mañana. Sé positiva, porque vas a curar». Y no: no hubo cura. Solo una llamada a mi teléfono con cuatro palabras que me hicieron más daño de lo que pensaba: «Tu abuela se muere». Al día siguiente ya no tenías las manzanas. Tu boca entreabierta, con respiraciones forzosas. Tus pupilas mirando al techo (esa mirada, que dudo poder borrar alguna vez de mi cabeza). Te besé en la frente y no tuve el valor de articular palabra; me faltaba la voz porque tenía un peso en la garganta. No quería que me vieras llorar, aunque creo pudiste sentir mi pena. Fui entonces yo la que te besó a ti.

          El tiempo que estuve cuidándote en el hospital lo siento todavía como una película. La mañana en el tanatorio. Tu cadáver pálido, con los ojos cerrados. La misa. El momento exacto en el que el ataúd se ocultó en el nicho. Una jodida película, yaya. (Y tus ojos, sobre todo tu mirada perdida y el beso en la frente que te di). Me siento culpable porque me despedí seca, insensible. Con lágrimas, pero fría. Tenía tanto miedo de asumir lo inevitable. Qué te morías; qué estás ya muerta. La vida, que sigue adelante como si diera igual absolutamente todo. La vida, qué es maleducada con tu falta.

          Te quiero. A pesar de que fuéramos incompatibles te echo de menos. Ojalá no te hubieras marchado. Soy egoísta al pedírtelo con tu sufrimiento, pero ojalá estuvieras aquí con todos nosotros.

            


Lápices de cera



            Delia había escuchado de los labios de mamá cómo la vida se tenía que reflejar en los ojos. Mamá le decía «Hazlos grandes y expresivos, porque así parecerán personas de verdad». Entonces Delia cogía su lápiz de cera favorito y trazaba unas cuencas enormes, con dos pupilas diminutas y una zona blanca sin pintar para representar el brillo. Solía pintarlos verdes, porque como para mamá era un color maldito no podía evitar dejar de pensar en él.

            Los ojos de Delia eran verdes, también, como los de su hermano Narciso. No obstante, ella tenía las pestañas más largas y atigradas. Le gustaría colocarse rímel, como hacía mamá antes de ir a trabajar, pero nunca la había dejado. Una vez lo intentó sola pero se metió el pincel en el ojo: estuvo un buen rato escociéndole. Así que pensó que maquillarse era muy molesto: no merecía la pena sufrir tanto.

            Últimamente tenía en la cabeza la misma imagen con el mismo rostro. Veía el rostro de una niña, que estaba triste. Le intrigaba el cambio de expresión cuando se rompía el alma de una persona. Porque, como le dijo Narciso, las personas tenían alma y podías hacerles daño. Cuando les hacías daño, se rompía el alma. Delia solo quería poderlo retratar en sus dibujos; necesitaba mostrar al mundo cómo se sentía sin mostrarlo en realidad. Quería dejar pruebas del instante exacto en el que tuvo una sonrisa que se hizo añicos. Su sonrisa tenía pedacitos muy pequeños, que luego ni su hermano Narciso sabía cómo recomponer. Narciso tenía la magia de hacerla feliz, pero no era tan poderoso como para sanar almas.

            La primera vez que el alma de Delia se rompió fue una noche en la que mamá bebía. No quería hablar sobre ella o, mejor dicho, no podía. Le temblaba la voz cuando intentaba entrar en detalles: se quedaba tartamuda, porque eran palabras demasiado dolorosas para salir de su boca. Pero aún así quería retratar su expresión exacta. Delia necesitaba sacar fuera sus demonios, pero unos tristes lápices de cera no eran ayuda suficiente.






Gaslighting

             El mundo parece estar en una sintonía diferente a la tuya. No tienes ningún interés en alcanzarla, pero todo tu alrededor te fuerza a seguir su emisión. La melodía del mundo está desfasada y te hace daño. La melodía del mundo está desafinada y tú solo pretendes darle color. En silencio, siempre en silencio; te cosieron los labios para dejarte sin voz. Callada, asientes a un devenir que se atora en tu garganta.

             Rodeada de gris solo buscas a un cómplice, pero tu alrededor te trata con condescendencia. Te niegan aquello que te reconcome por dentro, porque les enseñaron que la mejor defensa era la luz de gas. Ahogada en el gas aprendiste a nadar con los brazos atados a la espalda y una roca anclada en tu tobillo derecho. Para los demás el problema es que no sabes bucear porque te maniataron tus lágrimas. A contracorriente. No importa lo que te digan, ve siempre a contracorriente. 





Injusticias




Niara caminó por la que fue su aldea. Estaba rodeada de cadáveres; de gente maltrecha y moribunda. El ambiente olía a sal y a metal, como queriéndole enseñar lo asfixiante que era el aroma de la pérdida. Algunas cabañas, que estaban todavía en llamas, desprendían un humo espeso y negro. Niara solo continuó andando, con sus ojos fijos en los cuerpos: algunos se movían, como buscando aire; otros eran cascarones vacíos. Llegó a lo que fue su hogar, donde su madre estaba en tierra con los ojos abiertos. Se convulsionaba muy despacio con sus manos apretando la zona de su entrepierna. Niara la incorporó y, con la ayuda de unos pocos, unieron sus pedazos. 

Reconstruyeron los vestigios de los heridos y dejaron descansar a quienes habían perdido el alma en la batalla. Aquel desastroso atardecer Niara miró por la ventana de su cabaña cómo se escondía el sol, mientras se preguntaba por qué en la tragedia la tierra seguía pareciéndole tan hermosa. Sin embargo, con el tiempo aprendió que aquello era un mensaje: no importaba cómo de horrible fueran las cosas, tarde o temprano aparecería la esperanza. El hombre blanco, con su orgullo, caería tarde o temprano.





Me llamo Violeta


 
               Estabas en el lugar más apartado de clase, con tu cabello oscuro, largo y despeinado. De vez en cuando pasabas las manos sobre sus hebras, como si trataras de ponerlas en su lugar con una pizca de desgana. Siempre llevabas puestas camisetas negras con dibujos de calaveras y logos de grupos de música para mí desconocidos. «Metallica» ponía en alguna de ellas y en otra me pareció leer «Guns N' Roses», pero tampoco podía estar del todo segura de que se escribiera así. Tus ojos eran de un marrón claro que con la luz parecía caramelo tostado. Tenías pecas sobre el puente de la nariz y encima de los pómulos. Tu piel era pálida; te veías delgado y desgarbado.

           En ocasiones me preguntaba por qué siempre te ponías los mismos pantalones vaqueros anchos y llenos de cadenas. Mirabas desde el aula con un cansancio que era para mí indescifrable. Me intrigaba cómo te debías de sentir para hacer aquellas muecas. A veces también me daba la sensación de que tenías ganas de ponerte a llorar porque tenías los ojos enrojecidos, pero tampoco podía fiarme de mi criterio. No te conocía, aunque me tenías trastornada.

               La gente hablaba de ti. Tu nombre era Ulises, y me parecía muy bonito. Había gente que te decía «Hey, Ulises» de una forma despectiva; como si quisieran reírse de ti al pronunciarlo porque les parecía estúpido. A lo mejor en alguna ocasión has pensado que estaría mejor que te hubieran puesto «Emilio» o «Ricardo», para sentirte alguien normal. A mí me gustaba mucho Ulises porque no lo había escuchado nunca, solo en La Odisea y se veía épico. Como un héroe clásico, o algo así.

               Una vez escuché que te ibas al baño a hacerte rayas. Por aquella época no tenía muy claro lo que eran, así que tuve que preguntar a la gente, que se rio de mí. Esnifabas una cosa blanca por la nariz, ¿cierto? Llegué a verlo, en realidad, pero lo sabes porque también me viste a mí. Había unos baños, que eran para minusválidos, en el instituto. Eran mixtos, por eso la gente los usaba de picadero. Los profesores probablemente lo sabían, pero les resultaba más sencillo no pasearse por ahí. Una vez fui cuando terminó lengua porque como te vi en la anterior hora, sabía que habías acudido al instituto. 

               Tengo grabado en mi cabeza cuando abrí la puerta y te vi. Tú al principio no me miraste porque estabas colocado o porque tampoco hice nada para que te dieras cuenta de mi presencia. Estabas encorvado sobre la pila, donde descansaban las rayas de... ¿Coca? Se llamaba así, ¿cierto? Sujetabas un billete entre tus dedos, que estaba apoyado sobre uno de los orificios de tu nariz. Inhalaste. Inalaste por la nariz con tanta fuerza que sentí que cortaste el aire como cuando ocurre algo que impacta mucho. Luego te frotaste la nariz y lo volviste a hacer. Mientras tanto yo seguía callada mirándote, sin saber muy bien lo que hacía. Entonces te giraste hacia mí sobresaltado. Me pareció gracioso, así que sonreí nerviosa. 

               —¿Qué haces aquí? ¿No ves que está ocupado?

               —No deberías de hacer eso.

               —¿A ti qué te importa lo que haga? Lárgate.

               —Me llamo Violeta, encantada de conocerte. —Tú solo encaraste una ceja con desconcierto. Sonreí de nuevo, antes de salir de ahí.





Indefensa



             La princesa Soledad estaba en su torreón con la mirada fija en el infinito. Sus ojos clavados donde la aurora se fundía con la tierra. Imaginaba el cielo como el lugar en el que habitaba todo lo etéreo, mientras que la tierra englobaba un amasijo inconsistente y mundano. La tierra era tan aburrida, que le causaba rechazo pensar en ella. Por eso le gustaba estar en un lugar tan alto, donde podía ver nacer las gotas de agua.

             Aguardaba a su príncipe de yelmo de plata: tenía ganas de que fuera a por ella y la ayudara con sus dragones. Todas sus ilusiones las había enfocado en que en algún momento sería rescatada y, entonces, su vida cambiaría radicalmente. De hecho, aquello para Soledad era una exigencia: ella no solo anhelaba ser rescatada, sino que también lo exigía. Se merecía estar triste, ser débil y vulnerable. Cautiva en su torre, la princesa Soledad revindicaba su derecho de no ser valiente. Con orgullo, quería demostrar que lo erróneo no era buscar a un príncipe sino que su vida estuviera condicionada por aquello.

             Así pues, Soledad sonrió con lágrimas en los ojos. Se las imaginó hermosas, como las gotas de agua que bailaban hacia el asfalto. Sus ojos eran otro torreón que, hasta aquel instante, había almacenado cada una de sus emociones. Pero ahora no importaba, porque encerrada entre cuatro paredes se sentía más libre que nunca.





Lazos y tul




          El mundo te pide que seas una gran bailarina. El tutú atusado con gracia; el moño recogido, apretándote unos rizos tan cautivos como tus ilusiones; los pies llenos de callos, agrietados, pero ligeros. Das vueltas con una alegría que te pica en los ojos porque, de nuevo, el mundo te pide que seas una joven feliz. 

          Luego estás tú, que amas los lazos y el tul: te gustan tanto que te olvidas de Ti. Ti está triste, porque es tan tú como los lazos, el tutú y el tul. Las raíces que te arden, porque de tan apretado que llevas el moño, te hace daño. Cuando te lo quitas estás horas rascándote la cabeza por la molestia, mientras te planteas si eres lo suficiente bailaria como para llevar el cabello recogido. La piel reseca, los dientes torcidos, la frente demasiado ancha. ¿Son eso arrugas? Sobre las cejas, que te tienes que volver a depilar. 

          Las expectativas, que se escurren entre tus manos como una pastilla de jabón. Nunca serás lo suficientemente buena para el tul, los lazos y las puntas de tus manoletinas. Eres indigna. Una indigna bailarina que baila sin bailar y se olvida de Ti. ¿Dónde se fue Ti? ¿Echas de menos a Ti? Yo te (me) echo de menos durante horas. Porque vivo con esa dualidad de quererme y odiarme a la vez. Me enseñaron a existir con el anhelo de un plié. Después aprendí que también me gustaban las deportivas. 

          Tengo dos ideas opuestas que coexisten en mi cabeza. A veces quiero más al tul que a (mi) ti misma. Y en este devenir me arrolla la vida. En el devenir de las canciones que desafinan, los pasos de baile descoordinados y los textos gramaticamente erróneos. Nunca representé un ballet. Nunca redacté nada digno de ser leído. Y nunca, por mucho que me duela admitirlo, he salido al escenario de la vida.




Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

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